Las nubes oscuras que amenazaban traer la tormenta sobre las cabezas. Caminé en busca de un sitio para mí, un lugar donde estar solo y ver sin que me digan como ver. La gente me hablaba de cosas que no se, o tal vez no me interesan. Buscaba un espacio entre el cielo nublado y mis ojos, eso era todo.
Encontré un balcón y una silla vacía, como esperando que alguien se siente. En realidad eran dos sillas, una montada sobre otra. Las desmonté y me senté a mirar el horizonte: Casas de colores, montañas peladas. De pronto alguien vino, por un momento me trajo al balcón nuevamente. Me preguntó si podía usar la silla vacía. Si, Le dije. Se sentó mas allá, dándome la espalda fuera de mi vista.
Seguí en lo mío. Una iglesia blanca de cúpula ovalada, algo arabesca, muy hispana, como las que se encuentran en todo el continente dominando las casas. Un puente transitado por veloces autos con destino anónimo. Tubos oxidados, aves cruzando entre lo que veía y mis ojos. Veleros viejos, un rio putrefacto y un hotel color rosa imponiendo presencia en el paisaje. Vi gente caminando como hormigas de un lugar a otro, hablando, riendo y yo ahí; en el balcón, tratando de imaginar donde poner una foto impresa en blanco y negro en mi cabina.