A orillas del Edilvagar florece un valle verde entre colinas y campos muy cerca de las montañas donde abundan los bosques de abedules y pinos más arriba, como escondite de las fieras. Es en este paraje donde nace esta historia que desde hace tiempo es contada. Cada vez que un viajero llega, si es curioso, por unas monedas en el mercado o en la taberna del pueblo de Timber, enclavado en las colinas, podrá oírla con apenas ligeros cambios.

El marqués Von Roten hahn los había invitado a pasar una temporada en la hacienda de White Oak, cosa que los aventureros habían aceptado más que encantados.

Una noche sin embargo, las puertas de la mansión retumbaron con desesperados golpes que se dejaban oír delante de la lluvia, se escuchaban voces desesperadas que llamaban por atención. El marqués abrió el portón apenas alumbrado con una lámpara de aceite. Afuera mojados, pálidos por el frio y asustados como liebres delante de un perro aguardaban el alcalde, el enterrador y el guardia el pueblo. Quienes esperaban que el marqués, persona muy instruida en muchas materias, los ayudase a investigar las cosas extrañas que han estado sucediendo en el pueblo de Timber tras la misteriosa muerte del hijo del perfumero. El hijo en cuestión, era un chico que practicaba las artes de la magia, y no hacía muchas semanas que, tras comprar un pergamino a un viajero errante, murió repentinamente echando espuma por la boca.

Tras conocer lo acontecido, el marqués pide a los aventureros que vayan al pueblo a recoger pistas de todo lo extraño que encuentren, cosa que ellos accedieron de buen grado. Al llegar, Timber se encontraba a oscuras, ni una sola vela o lámpara parecía encendida en alguna casa. Sólo se escuchaba el sonido de las gotas de agua al golpear tras su caída, el relinchar de los caballos, el tintineo de los arneses y el gemido de algún perro escondido.

En silencio, sin decir una palabra, y con gestos funestos que dejaban escapar el miedo fueron conducidos hasta el cementerio. Al llegar, el ambiente era el mismo al del pueblo, parecería todo normal en una noche de lluvia, de no ser porque todas las tumbas se encontraban abiertas. Abiertas de manera violenta, pero lo más extraño era que las tumbas parecían abiertas desde su interior.

Tras una inspección lograron encontrar huellas en el barro. Parecían huellas de pies descalzos hechas con algo sólido como la madera, o acaso hueso. Las pistas conducían a un tupido bosque envuelto en la bruma. Los aventureros, seguidos del alcalde, el guardia y el enterrador, se internaron encomendándose a sus dioses hacia el interior de la floresta. Tras seguir un sendero angosto entre árboles amenazantes vestidos de líquenes, llegaron a lo que parecía ser una antigua cripta.

La cripta dejaba ver una entrada, era un enrejado de hierro que se derruía oxidado por el tiempo. En la puerta, sentada sobre una piedra, acariciaba sus largos cabellos dorados una mujer élfica envuelta en un extraño brillo mortuorio alrededor de su ser. En el rostro se le veía una expresión de infinita tristeza. El alcalde se adelantó unos pasos y muy temeroso le dirigió la palabra. La mujer, interrumpida en su delicado trance, lo miró y se irguió hasta despegar del suelo. Ya en el aire, cuando sus pies alcanzaron la altura de la cabeza del alcalde, todos menos uno, el que pudo después contar la historia, escucharon el grito de una banshee.