beer-2.jpgEstaba caminado por Barranco. Un sitio lleno de fumones, fiesteros, fiesteras, adolescentes pleitistas, delincuentes; todo… No es feo, no es bonito. Sólo es de andar con cuidado y listo.

Mi cansancio y mi reloj me decían que era algo tarde, como las 4 de la madrugada. De pronto me encontré caminado un una calleja oscura y al doblar en la esquina una canción se metió a mis oídos. Sólo avancé unos pasos y me di con un pequeñísimo bar de mala muerte, todo pintado de celeste, con un enorme espejo en la pared, justo donde sobresalía una maltrecha barra de madera haciendo de mesa empotrada en la pared. Frente al espejo estaban tres adolescentes sentados en bancos muy altos, con las piernas recogidas, tocándose el mentón con las rodillas y las manos cruzadas. Los tres en misma posición mirando el vació del espejo eterno. Con sólo una botella de cerveza, que parecía ya haber estado ahí horas al lado de unos vasos opacos sin espuma, como únicos acompañantes de velada. Eran tristes gárgolas víctimas de sus estados de ánimo que de lleno me dieron en la cara.

Sólo los vi por unos segundos. La canción que antes había escuchado, salía de ese bar, era “Man on the moon” de R.E.M, un grupo de los 90’s. Seguí caminando y la música desapareció del ambiente pero no de mi cabeza. Caminé mucho y la imagen estaba ahí latente. Lo cierto es que quería regresar y sentarme junto a ellos, juntar mis piernas sobre la banca sin importarme nada ni nadie. Quise ser adolescente nuevamente, quise tener el permiso inherente de la pubertad de llorar por cualquier cosa, de reír también. De verdad quise ser una gárgola más de mi estado de ánimo, quise sentir de nuevo que el mundo está lejano y muy por delante de mí, que hay tiempo para preocuparse de “eso” después.

Mientras caminaba quería decir algo ¿pero quién me comprendería, quién lo vería igual que yo? Más allá del cuadro graciosamente ridículo de unos chiquillos en una noche mala, acompañados de la canción mas triste del mundo, en el bar mas deprimido de la calle de las fiestas.