Ayer… Máncora. Hoy también. Temprano estuve sentado sobre un muro de cemento en frente del mar, viendo caminar a la gente, como siempre hago cuando quiero estar en mis ideas, más que todo, fantasías de mundos lejanos y probabilidades remotas, y también, como suele suceder, presenciando situaciones absurdas. Casi al final ya, antes de seguir mi camino, pude notar a Mónica y Marcela tomando sol a lo lejos. Se las veía muy bien estando juntas.
Este sería mi último día por acá, ya tengo el pasaje comprado. Atrás quedó Quito, Montañita. Muy, muy atrás quedó Bogotá y la agitada partida que casi nos votó de la ciudad a Liliana y a mí. Ella para Medellín, yo para Lima. La verdad es que de todo ello hoy queda un recuerdo lejanísimo, aunque no sin cariño. Como si todo hubiese ocurrido hace tantos años y ahora sólo es una idea brumosa cuyas sensaciones el tiempo fue aletargando. Tan sólo ha pasado una semana desde que dejé Cundinamarca.
Sentado en aquel murito pasó algo curioso que me devolvió a la realidad universal del ser humano: la miseria. Una pena la verdad. Justo en frente de mi, alguien había dejado sus lentes y un pareo tan pequeño, que ciertamente podría pasar más como taparrabo.
Yo tenía la mirada puesta en el mar, cuando de pronto, alguien se paró en frente tapando mi línea imaginaria que me conducía a las islas Salomón en el 42. Ajuste mi vista a aquella sombra, era un tipo vestido de azul, -en ese calor-. Llevaba una camisa remangada de tela gruesa, jean holgado unas zapatillas blancas de lona. Le cubría la cabeza un gorrito, también azul y unos lentes de sol sobre el mismo. En una mano cargaba una especie de armazón de madera de donde pendían un sinnúmero de lentes de todos los colores y tamaños.
Lo observe parado justo encima de los lentes de sol y el pareo ridículo. Adiviné en el acto la intención. Quise levantarme, como es natural y decir algo. Pero me abstuve, me sentí un científico en la playa viendo a un gallinazo hacerse con la carroña. Y la verdad, pues parecía un gallinazo, aunque color azul. Era como si una malicia recorriese mi cuerpo, no quería evitar que aquel tipo descienda a la condición de carroñero, de ladrón, y quería estar presente en su natural involución hacia la decadencia.
Parado, con las piernas abiertas sobre su presa, se agachó y recogió los lentes que yacían en la arena. Levantó la mirada como un ave que atisba al viendo, miró para todos lados al instante que metía los lentes entre su camisa con la destreza de alguien que siempre hace lo mismo.
Yo sólo lo observaba a escasos dos metros. Tal vez me vio. Tal vez poco le importo que yo lo esté mirando con una leve sonrisa de burla y alzó vuelo, por no decirlo de otra manera. Salió casi a la carrera, con un caminar apresurado, pero a la vez disimulado, zigzagueando entre la multitud de bañistas hasta desaparecer entre las calles rumbo a la Panamericana.
Al poco rato llegó la despistada dueña de lo perdido. Era una mujer cercana a los cuarenta años, rostro arrugado pero cuerpo de 30, punto para ella, sin embargo; su voz de de ron, cigarro y gasolina le delataba la edad. Estaba acompañada de un tipo no menos pintoresco. Tal vez de mi edad, tal vez menor. Cabello largo, que de llevarlo corto, lo tendría tan erizado como un troll. Uno de esos locales que se pasan el tiempo en la playa dando consuelo a gringas o europeas que en su país sólo encuentran consuelo con la almohada. O quien sabe, tal vez él era la presa de aquella pseudo arpía cazadora de especímenes étnicos. En fin, el tipo se veía muy cool con sus lentes ahumados de alta montaña, esos que se usan para caminar sobre el hielo. “Joder, que los deje acá”. Dijo la señora –qué otra cosa podría ser- con ese acento que me recordó a un metro y una pobre niña siendo agredida por un hijo de puta.
Harto del espectáculo, me paré y me fui, no sin antes avisarle a la pareja de lo que había visto, era posible que el erizo surfer conociera al vendedor ese.
Es así como empecé a caminar por la orilla buscando el sur, esquivando la espuma del mar, como un juego entre el basto océano y yo, tan minúsculo y temporal. Obviamente fue cuestión de tiempo para que el mar me mande una espumita que me baño hasta las rodillas. No me había alejado mucho, acababa de dejar atrás el puente, o mejor dicho la desembocadura de la quebrada seca que precede a Máncora, cuando un perrito se me sumó a mi búsqueda de la nada. Lo había visto pasar y lo llamé. En el acto corrió hacia mí blandiendo la cola al viento y dando giros a mi alrededor.
Comencé lanzando una piedra, a la que fue a recoger con signos de alegría. La verdad, no entiendo qué divierte a los perritos del hecho de ir tras una piedra, pero es gracioso y alegra. Luego de jugar a las peleítas, seguimos caminado golpeados por el viento que formaba dunas en la arena. En mi mente comenzó a aparecer una canción que decía algo así como “Yo sólo quiero alguien que me diga: yo siempre estaré ahí cuando despiertes.” Seguidamente comencé a cantar. A cantar tan fuerte que quería competir con el viento y el mar.
Pasé de largo un conjunto de bungalós que se encontraba no muy lejos. Ahora bien, yo sé que canto espantoso, que mi inglés no es bueno, pero tampoco creo que sea como para que salga un tropel de gente a averiguar quién es ese escandaloso que pasa. Todos gordos, blancos como papeles y colorados por el sol. Parecía como si una colonia de almejas hubiese dejado la seguridad de sus conchas para asomarse. Me paré en seco, todos me miraban, claro también les devolví la mirada. “Tantos gordos juntos indica que son gringos”. Me dije.
Me alejé cantando en compañía del animalito, que no entiendo por qué me seguía por un camino que no tenía más lógica que la de caminar cantando para después volverse. Tal vez aquel cachorro era como yo, alguien que salta y mueve la cola cuando le muestran la varilla o la pelota para jugar un rato.
(Noviembre 2007)
Febrero 20, 2008 at 7:53 pm
Un exelente escrito inda aunque cuando quieras podemos charlar hacerca de cualquiera de las cosas dispuestas aunque tengo un poco de mal humor como para charlar
ya te contare el por que