El sol esta sobre tu cabeza. La acera sigue infinita en línea recta, flanqueada por tenues franjas amarillas que están desapareciendo por el tiempo y las pisadas. Una Coca cola helada moja tu mano. Llevas caminado un buen tiempo rumbo al no sé qué del final de la avenida que pasa por tu casa. Jean azul, camiseta gris, como siempre zapatillas de trekking, antes altas, ahora las usas bajas. Cabello muy corto, para que sea más fácil la vida en las mañanas. La mirada perdida en las gentes, los carros y las aves. Las aves que miras elevarse en lo alto aleteando, haciendo un giro prolongado hasta posarse en un árbol o cable telefónico. Más arriba notas un punto negro que planea dando giros muy amplios. “Un gallinazo”. Piensas. “No, no se ve tan negro, y la cola es más larga”. Te replicas. El punto - al que ya notaste la silueta – se detiene en lo alto, como tomando bríos, arquea las alas hacia atrás y cae en picado. Está cazando. “Gustav”. Murmuras. Tratas de imaginarte cómo es la caída. El sonido del aire al ser golpeado, la velocidad del descenso. El objetivo, antes un punto que aleteaba, ahora lo tienes al alcance, se distingue claramente su mirada. El sonido del motor de un viejo bus escolar, ahora pintado de colores, se mezcla con tu imagen. Estas sentado ahora dentro una cabina pesadamente enmarcada, volando sobre nubes muy altas, un día como hoy, que no se decide si estar nublado o despejado. Delante de ti, mucho más abajo, un mar de aves gigantes de metal. Avisas por la radio,
vas a atacar ¿A quién avisas? Eso no importa, eres tú quien elige un punto, entre los que parecen cientos, a un extremo de la enorme formación. Te acomodas en tu asiento, tiras la palanca y te dejas caer a toda potencia. El motor ruge como una fiera llena de ira, mientras sientes el viento haciendo vibrar el armazón de tu fiel fierro. Calculaste tu trayectoria y sabes por donde pasarás y en qué momento aparecerá tu presa en el centro de tu parabrisas. Y es así que aparece. Se va haciendo cada vez más grande y más visible, la tienes en el centro, distingues sus motores, sus torretas que te esperan. Eliges uno de sus cuatro motores como objetivo dentro de tu mira óptica. Te sigues acercando. Son segundos que parecen eternos. Los cuentas 1,2… El dedo pulgar se hace pesado y desobediente, quiere disparar ya. Es una fracción, sólo un instante es lo que falta, un parpadeo. Abres fuego, las balas trazadoras salen, deben ir por donde pasará el motor que elegiste. Ves que del pesado bombardero le saltan pequeños trozos de metal. Al acercarte sabías que las balas te esperaban, y balas es lo ves venir escupidas con furia de las torretas, mas las ignoras. ¡¿Qué más puedes hacer?! Si hubieses parpadeado tres veces, ese sería el tiempo que estás tratando de desprender ese motor. Pasas como una flecha por debajo. Levantas la mirada, con frustración notas que el avión sigue su camino dejando sólo un rastro de humo que comienza a brotar, tan ligero como el vapor que emana de una tetera en el descampado. “Una pasada más”. Dices. Tu instinto te hace mirar hacia atrás. Y ves lo que silenciosamente temías -o quizás esperabas-. Con fuerza tiras la palanca hacia un lado tratando de hacer un giro, ahora, sientes a tu messer más pesado que otras veces. “Todo esta bien, mientras pueda ver sus cañones”. Te dices. Y no sólo ves sus cañones, ahora, si te esmeras, podrías incluso ver a quien pilotea detrás de su mira óptica tratando de mantenerte en línea. El P-51, plateado y pulido como un espejo de aluminio, con su aguda trompa color azul sigue tus movimientos. Lenguas de fuego salen de sus alas. Te agachas esperando no ser tú el que esté en la trayectoria de las balas. Sientes el golpe del metal al ser agujerado. El sabor amargo del humo se cuela por tu máscara de oxigeno. Ahora sigues picando a gran velocidad. Distingues a las nubes, que ahora giran con violencia frente a ti, dejando ver el suelo más abajo, todavía lejano. Apenas te puedes mover, una fuerza inquebrantable te mantiene casi pegado a tu asiento. Tu cazador desapareció. Ahora tu mundo es esa cabina que cada vez se calienta más. Quitas potencia al motor, que por suerte obedece, tratas de controlar tu avión, pero no responde; la palanca y los pedales son inertes a tus intenciones. “Tengo que salir de aquí”. Piensas. Te liberas del cinturón, que ahora te aprisionaba hacia tu muerte. Tratas de abrir la cabina, pero te es imposible. “¡No abre!” Gritas como en son de súplica. Con la espalda empujas la ventana tratando de que ceda. Sabes que si saltas a esta velocidad podrías hasta morir, pero si te quedas, vas a morir. Con las manos juntas delante del vientre, apretadas como en el último rezo, empujas tu cuerpo hacia arriba tratando de que tu espalda doblegue el metal. Un sonido repentino te estremece. El aire te golpea de pronto arrastrándote fuera como una hoja, que sin aviso, se desprende por la brisa de un árbol marchito. Los sonidos de los autos, el silbato de un policía, todo se entre mezcla en tu mente, volviendo tus pensamientos hacia lo que te rodea. La Coca cola ha dejado de estar helada, pero todavía moja tu mando. Le das un sorbo. El sonido sordo de una bicicleta, que veloz pasa a tu lado, te dice que sigues por la ciclo vía. Observas a tu alrededor, los edificios residenciales de color blanco. A tu izquierda un café, donde unas cuantas personas comparten sus mundos, o se ensimisman a su modo; unos con risas, otros solitarios y serios leen sus periódicos con aire de solemnidad. Al lado derecho una farmacia, donde una noche, tiempo atrás, compraste unas gotas para los ojos tras un diálogo sin sentido, como tantos otros, con un antiguo amigo. “La vida”. Dices. “¿Qué es la vida, más allá de un caminar a algún lugar? Algo que en un momento tal vez visionaste. Un destino del que crees, y tal vez sueñas, poder alcanzar. La vida quizás es un navegar por aguas que volublemente van cambiando su curso por el capricho de los relieves del tiempo, y tú apenas tienes control sobre el timón y las velas. Es como un juego de azar, donde uno busca agregarle comodines y un plus a tus posibilidades de éxito al lanzar los dados. Todo depende de ti, te dicen los que creen haber alcanzado algo. Mas al comienzo ellos tampoco lo sabían”. Metes una mano al bolsillo, como algo característico tuyo al buscar una decisión. Encuentras por casualidad una moneda, que la haces girar entre tus dedos. “¡Bah!”. Exclamas. Cruzas la avenida y esperas un carro de servicio público que te lleve por donde viniste.