Era una noche oscura de verano acompañada de un frescor asfixiante de la propia penumbra. Caminaba por calles amplias, rodeadas de edificios residenciales y alguno que otro chalet. Había autos estacionados en las casas, que también a oscuras, hacían pensar que este mundo simplemente se había quedado dormido para siempre. Atrás mío dejaba una gran avenida de donde, de vez en cuando, los faros de un auto iluminaban mis espaldas para desaparecer luego rumbo a su vida desconocida.
No sé, la verdad, si en realidad se trataba de oscuridad física y perceptible, o de la negrura creada por mi propia tristeza. Venía pensando en lo solo que estaba, y en por qué me había quedado solo. ¿Por qué ya no estabas? Esta es una interrogante que camina sobre mi cabeza, donde sea que esté. Es como un estigma grabado en mi alma. La sensación de que algo vital e importante simplemente se desvaneció, mas el espacio vacío sigue ahí, reclamando ser llenado por el molde exacto que ahora estaba desaparecido.
De repente me encontraba con sombras que se me cruzaban en el camino. Pasaban murmurando el no se qué de sus propias existencias. Para mi no eran más que fantasmas con los que tropezaba en mi divagar rumbo a algún lado. Llegué al cruce entre dos amplias calles, siempre en la penumbra. Me detuve a observar el frente, los cuatro frentes, así tratar de decidir que rumbo tomar. La verdad ni importaba cual sería el camino, al final todos llevan a ningún lado, la premisa era simple: no regresar sobre mis pasos –que también llevaban a ninguna parte-.
Volteé a mirar lo que había recorrido, no se distinguía mucho más allá de unos cuantos pasos antes de que todo desapareciera tragado por la oscuridad, que solo dejaba sombras y siluetas.
Crucé la calle en línea recta y volteé a mirar por última vez. Al otro lado de la vía que acababa de dejar, justo en la esquina del frente, había una pared blanca de un terreno baldío que pugnaba por no desaparecer en esta noche densa. Distinguí a alguien acercándose por ese mismo lugar.
Descendió la acera de un saltito característico que me llamó la atención, un salto de mujer, que a la vez también es niña. Me detuve en seco, un lapso de tiempo que fue eterno. Observé la silueta de su cabello ondeado dejar su rastro en el viento. El contorneo de sus caderas y su caminar desinteresado, como si el mundo no existiese más allá de ella y sus pensamientos.
No podía ser otra persona. Grité tu nombre. Te detuviste en el acto. Preguntaste por mi nombre: ¿Iván? Como tantas otras veces lo hiciste cuando te llamaba. Te acercaste a mí. Ahora podía distinguir más claramente tu rostro. Tus ojos que siempre brillan. Tu sonrisa que siempre invita a la risa. Y eso hice, me reí. Llevabas un jean medio desgastado, zapatillas blancas y una sudadera gris. Tu cabello ondulado, violento como el mar, lo tenías largo como cuando tenías veinte años. Noté que llevabas una pequeña mochila verde, la misma mochila que llevé yo los años de la universidad, y que posteriormente usabas cuando te quedabas a dormir en casa de alguna amiga.
No lo podía creer, te miraba, quería preguntarte cómo estas, qué haces o a donde vas, y sólo te miraba al lado mío. En cambio tu si me preguntaste, te respondí que todo andaba bien. “Me alegro mucho” dijiste. Caminamos juntos por una calle ahora iluminada por altos postes de luz amarilla. En las casas se podían ver a la gente desde sus ventanas conversaban contentos, haciendo sus vidas de familia. Había autos muy lindos aparcados bajo los edificios.
Me distraje un momento en uno de los edificios que tenía cerca, cuya entrada era una de color negro formada por miles de piedritas. Alcé la mirada y vi una familia viendo la televisión desde una enorme ventana enmarcada en madera. En realidad todo el edificio estaba compuesto de enormes ventanas protegidas de los mirones por cortinas y persianas. “Nada de esto es mío”. Pensé. Luego bajé la mirada y vi a un lado de la calle, había un deportivo color metálico azulado, tenía como símbolo un escudo negro con un toro dorado embistiendo. “Eso tampoco es mío”.
Volteé a mirarte, y ya no estabas, simplemente habías desaparecido. Me quedé parado en esa calle, nuevamente solo. Todavía sentía tu aroma en el aire. Miré a mi alrededor y no había rastros de ti. Te llamé por tu nombre, por tu diminutivo, por el modo como te llaman en tu casa, no hubo respuesta. Pensé en correr a buscarte, en regresar donde me había cruzado contigo, mas comprendí que todo sería inútil. Caminé por esa misma calle llamándote en silencio sólo con mis pensamientos, como siempre lo hice.
El camino comenzó a describir una curva hacia la izquierda, al parecer se trataba de un óvalo. No podía distinguir lo que había al frente, la oscuridad dejaba solo percibir sombras irregulares de desigual tamaño, tal vez un parque, tal vez nada. Los edificios altos de apartamentos desaparecieron dejando paso a chalets no tan antiguos, de unos treinta o cuarenta años atrás, bien cuidados. Algunos tenían pequeños jardines custodiadas por plantas altas de hojas anchas que brillaban silenciosas bajo la luz del tenue alumbrado público. No muy lejos, tropecé con el mismo auto deportivo que antes había visto. Parecía descansar bajo un delgado poste metálico que apenas iluminaba con una débil luz amarilla. Tenía ambas puertas abiertas hacia arriba. Al pasar por ahí me detuve justo en frente del mismo. En su interior se encontraban una pareja, ambos recostados en los asientos reclinados hasta el tope. Ella tenía consigo un vestido de tiritas de verano de color claro con diminutas flores esparcidas en el tejido. De piel trigueña, y cabello negro, hombros delgados bien conformados, una delgada cadenita de oro descansaba en su pecho. Era bonita, no más bonita que tú. Ambos dormían apaciblemente cogidos de la mano.
Seguí mi camino, que es lo único que me quedaba por hacer. De tanto en tanto te llamaba, entonces cerraba los ojos y trataba de esperar una respuesta. Sólo el silencio era la recompensa. Aunque aún tenía la esperanza de que te encontraría.
Así me halló la mañana, el sol brillante despuntaba entre las casas, la brisa fresca de la noche poco a poco se iba desvaneciendo dando paso a los rayos de luz. Llegué a una especie de mercado, o campo ferial, de paredes blancas y tiendas con puertas en forma de arco de bordes engarzados en ladrillo rojo, el piso también era de ladrillo rojo muy bien lustrado.
Miré desde lo lejos al interior de las tiendas, tratando de atisbar algún indicio de algo que me indicase qué hacer. Miré las casas, los autos, a la gente que salía de las tiendas con sus bolsas con el desayuno. Me crucé así con varias personas, algunas mujeres de mi edad, que al mirarlas, algunas simplemente volteaban hacia a otro, una que otra me miró a los ojos. Como la chica que salió de una de las tiendas cogida del brazo de una señora mayor. La encontré observándome detenidamente. Intercambió unas palabras, con la que supuse era su madre, y ambas se fueron sonrientes.
Ahora fui yo quien me sentí inspeccionado. Yo que las miraba como tratando de reconocer lo que eran las facciones de una mujer. Cosa que ahora me parecía extraño. Sin más que hacer, seguí mi camino, si es que a esto se puede llamar camino, o tal vez es sólo un disparate en busca de un indicio que indique el camino. Todavía te seguí llamando en silencio, aunque esta vez comprendía muy bien que nunca habría una respuesta.